Cuatro Poemas

Elizaria Flores

Río

El río de mi infancia arrastra piedras y neveras, mesas rotas, paraguas inservibles y anónimos cadáveres. En este río hay lágrimas y sangre, promesas incumplidas, suciedad y excremento y largas maldiciones junto a los restos de una casa y una diminuta mano de muñeca.

El río de mi infancia es una rabia inútil atravesando la ciudad, su miedo bordeando las esquinas, su amenaza. Pocas flores conocen sus orillas, los blanquísimos lirios, las minúsculas espigas venenosas.

El Guaire ha visto demasiado. La ciudad está desnuda y corre y baila y se emborracha. Celebra bodas de diamante o se pierde en despecho entre mercados y teléfonos.

La ciudad ayuna o se atiborra, se disfraza, ruega y blasfema y se resigna. Desnuda va asesinando en serie o suicidándose. Traiciona y apuñala.

A sus orillas, la maltratada exhibe sus heridas.
El río de mi infancia es un silencio atroz y un rencor minuciosamente entretejido.

 

Ciudad
 
Malquerida ciudad
Plaza asolada
Ciudad abandonada

De revuelta y saqueo
De plaga de insectos
De lluvia feroz y despiadada
De habitante indigno
Te levantas

Ciudad de huyentes
Ciudad de penitentes

Malquerida ciudad
Ciudad incendiada
Aniquilada nunca

Ciudad impenitente
Continúas

 

Crónicas
 
I

Entristecer es fácil. Basta un aire húmedo, un eco de lluvia o frío, una penumbra. Basta una campanada, lejos, dando la hora de la tarde, o un vestido azul o un párrafo. Como la muerte, la tristeza es un lugar común, una rutina. A quién le importa.

II

Dentro de mi cuerpo crece una rama envenenada. Una rama espinosa, lacerante, aguda ocupando lentamente mis venas, mi corazón, mis huesos.

Mi sangre es un veneno espeso, savia amarga y perfumada, ponzoña fluyendo lenta silenciosa.

Mi corazón se agrieta, se deforma, se hiende.

Debajo de los párpados una muerte ocupa lo mirado como un paisaje retorcido.
 
III

Figuras furtivas que pasan como un río oscuro.

Paraguas que se abren en mitad de la noche, bajo techo, sombras.

Sombras que atraviesan las paredes y convierten en sombra todo lo que tocan. Sombras que vagan sin prisas ni zozobras, tocando el miedo de los niños, ecos.

Ecos que no llegan a palabras, cáscaras vacías.

Pesadillas.

IV

Algo quiere arrancar esta tarde del mundo y arrancarnos. Caen filos, hojillas, largas agujas de hielo, uñas largas de rojo buscándole los ojos a la gente. Llueve un agua voraz, desaforada, enloquecida. Los paraguas se agitan asustados como pequeños murciélagos expuestos a la luz. La lluvia es sempiterna y omnisciente. Demoledora, borra cualquier indicio, anula todo. 

 

Ninguna calle perdurará de ti
 
De tus calles, ninguna. Salgo de ti, ciudad mala anfitriona, mezquina y sola. Ni una puesta de sol, ni una sombra, ni un cielo, ni una flor.

De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad sin ojos, ni siquiera ciega. Acaso ocultes muñones y jorobas, avergonzada, llagas y despojos. Acaso nada. No estás, no eres.

De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad sin dones, ciudad que ni una piedra, ni un agua fresca, ni una forma de nube, ni un gato perdido.

De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad incolora. Huyo de tus criaturas que cruzan las aceras con desgano, lanzando desperdicios y escupiendo y destilando tedio.

De tus calles, ninguna. Salgo de ti pobrecita ciudad sin esperanzas. Te dejo sin nostalgias, te dejo en el olvido.

De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad sin danza ni relato. De ti ni un nombre, ni una plaza, ni una mañana, ni un café, ni un miedo. Ciudad sin moraleja ni posdata, nunca viví en ti, nadie ha vivido. 

De tus calles, ninguna. Salgo de ti ciudad sin un latido, estéril. Aquí te dejo hasta el día en que te recojan los fantasmas, que los vientos te borren, que el agua se lleve tus casas. Aquí te dejo con tus fachadas sucias y tu sed. Agonizarás bajo el polvo, ciudad sin cantos, palabra muerta.